22 octubre, 2021

Presidente pobre, Argentina pobre

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La sucesión de acontecimientos surgidos a partir del resultado de simples elecciones primarias, que suelen ser interpretadas por los dirigentes políticos como una verdadera “primera vuelta”, dejó al desnudo la nefasta fragilidad de la coalición gobernante.

Si en algo se destacan los argentinos es en la facilidad con la que se las ingenian para tomarse en broma hechos o circunstancias que de gracioso tienen poco o nada. Desde hace algunos días circula en redes sociales un frase que reza: “El gobierno argentino es House of Cards en la versión escrita por Hugo Sofovich”.

Al menos ingeniosa, la frase condensa algo que no es la primera vez que ocurre en el devenir de la actualidad nacional. La realidad supera por mucho a cualquier ficción que el cine o la televisión puedan haber imaginado en un determinado tema.

Hay una serie que realmente muestra como funciona la política. Es una serie hecha en tono de comedia y es extraordinaria. Es la historia de una vicepresidenta que se queda con la presidencia y a partir de allí todos los personajes que giran en torno a ella existen en la política”. La anécdota fue narrada por el por entonces presidente electo Alberto Fernández, durante una entrevista a un matutino porteño. Para muestra basta un botón.

Apenas algunos días transcurrieron entre la redacción de esta columna y las explosivas PASO. Parece algo definitivamente mucho más lejano en el tiempo. La contundente derrota del oficialismo pareció colmar la capacidad de deglución de las principales espadas del poder y víctimas del indigesto resultado nos vomitaron encima toda su impotencia, frustración y falta absoluta de responsabilidad institucional.

Las viejas defenestraciones mediáticas de Alberto Fernández hacia la Presidenta en ejercicio Cristina Kirchner fueron sepultadas “definitivamente” luego de que esta ungiera al otrora detractor como su candidato a Presidente. Las no tan viejas promesas del antes candidato y hoy primer mandatario que rezaban “no me voy a pelear más con Cristina” caducaron con el primer boca de urna del pasado 12 de septiembre. Aunque tal vez ni siquiera tuvo tiempo de ser él quien inicie la disputa, el primer sopapo, el segundo y también el tercero salieron del rincón de la antes -y ahora- jefa absoluta.

Que tiempos aquellos en las que dos personas saldaban sus cuitas personales juntándose a tomar un café o con al menos una charla telefónica más o menos privada. Twitter, Instagram, Facebook y tantas otras vías de comunicación para nada discretas son las armas más elegidas para poner al rojo la estabilidad de un país con un máximo de 240 caracteres.

Voy a gobernar como yo crea”, dijo con los pantalones no tan bien puestos el Presidente. Dijo además: “Cafiero, Biondi, Vilma, Sabina no son negociables”. Bastaron un par de audios de WhatsApp prolijamente locutados y más prolijamente filtrados y una dura publicación en las redes vicepresidenciales para mostrarle a quien creyó que mandaba cuántos pares son tres botas.La contundente derrota del 12 de septiembre fracturó la frágil alianza política oficial  La contundente derrota del 12 de septiembre fracturó la frágil alianza política oficial

Cuando decimos “Presidente pobre”, decimos pobre de atributos, de coraje, de iniciativa… Cualquier crítica que el opositor más acérrimo pueda efectuar al devaluado Presidente seguramente no llega a una décima de los brutales conceptos que la diputada oficialista Fernanda Vallejos le prodigó en sus ya archiconocidos audios de WhatsApp.

La carta vicepresidencial, en la que sin tapujos la número 2 del país denuncia que el Secretario de Comunicación de la Presidencia de la Nación le arma operaciones, al menos por ahora no parece haber calado hondo en la cabeza de algún fiscal federal, salvo que no sea delito tal como no lo es adelantarse en la cola para recibir una vacuna que era para otro.

Pero al margen de la gravedad institucional de los dichos y escritos de la Vicepresidenta y de la diputada Vallejos, la paradoja es que buena parte de los conceptos vertidos son absolutamente ciertos. El Presidente no está en su sillón por mérito propio, sino porque “ella” lo puso a dedo. El jefe de Gabinete ocupó un sillón que a todas luces le quedaba enorme. La política económica vista con ojos del populismo que Cristina encarna es inadmisible, la Ministra de Seguridad cesante siente una profunda aversión hacia los cuadros policiales que debió comandar. Esto último a tal punto que hoy los jefes de las fuerzas federales festejan a viva voz la partida de la académica antropóloga amiga de los delincuentes.

Al parecer las elecciones de Alberto Fernández no fueron las mejores en muchos casos. El ex canciller Felipe Solá inventó un mapa a contramano del mundo en el que se da por reconocida la soberanía argentina sobre la Antártida, a pesar de que el Tratado Antártico que Argentina firmó en 1969 congeló todo tipo de pretensión soberana. Asimismo en casi dos años en el cargo no supo distinguir la diferencia entre mar territorial, zona económica y plataforma continental. No obstante, no merecía el papelón al que fue sometido al quitarle el cargo cuando ya se encontraba en vuelo y en misión oficial a México. Eso no se hace, si lo despedían el martes el mundo seguía girando igual.

La pobreza presidencial, sumada a la irracionalidad vicepresidencial a la hora de mostrar quién manda, dan como resultado un combo altamente explosivo. En unos días el presidente y su vice deberán maquillar todo e intentar salir a convencer a “todos y todas” que tienen que votarlos, que volvieron mejores, que son el Frente de Todos y que están unidos en la diversidad.

Vaya que la tienen difícil, podrían pedirnos también que creyéramos en los Reyes Magos, pero Cristina se ocupó de decirnos que los tres monarcas aeronavegantes son los padres.

Pobre Alberto, Presidente que no preside. Al mismo tiempo, responsable final del destino de 44 millones de almas que nos merecíamos algo un poco mejor, más prolijo, presentado de forma más vistosa, más sólido.

Los grandes líderes tienen la virtud de empoderar con su propia grandeza a los pueblos que conducen. Los prohombres de ayer -próceres de hoy- se nos ponen como ejemplo para enfrentar y superar nuestras propias miserias. Tristemente, si nos miramos hoy en el espejo del líder devaluado en el que se ha transformado el máximo referente político del país, la conclusión solo puede ser una. Pobre país.

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