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Por qué los jóvenes de Misiones cruzan a Brasil para trabajar: el trasfondo productivo de un éxodo silencioso

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En los últimos días circularon imágenes tan elocuentes como incómodas: largas filas de jóvenes misioneros cruzando la frontera hacia Brasil para trabajar en la cosecha. No es un fenómeno nuevo, pero sí uno que dejó de ser invisible. Hoy es masivo, explícito y difícil de ignorar.

La postal interpela. ¿Cómo se explica que una provincia argentina con tierra fértil, clima favorable y una población de origen similar a la del sur brasileño expulse mano de obra joven hacia el país vecino? La pregunta no es retórica. Es estructural.

Vista desde el aire, la frontera es brutalmente clara. Del lado argentino, un verde continuo de monte, forestación y cultivos permanentes. Del lado brasileño, un mosaico intensamente trabajado de parcelas agrícolas. No es una diferencia estética. Es el resultado de trayectorias productivas opuestas.

Dos modelos, dos resultados

Durante la segunda mitad del siglo XX, el sur de BrasilParaná, Santa Catarina y Rio Grande do Sul— atravesó un proceso deliberado de expansión agrícola e industrial. Colonización planificada, crédito rural, mecanización temprana e integración con agroindustrias y cooperativas dieron lugar a una agricultura extensiva dinámica, conectada a cadenas de valor que generaron empleo, capitalización rural y ciudades medias con músculo productivo.

Ese proceso fue mucho más que un aumento de producción. Fue un shock de productividad que transformó el territorio.

Misiones, en cambio, siguió otro camino. Su estructura productiva se apoyó en la pequeña propiedad y en cultivos perennes como yerba mate, té, tabaco y forestación. Actividades que ocupan territorio y generan ingresos, pero que demandan poca mano de obra directa, tienen escasos encadenamientos industriales y no producen picos de empleo capaces de absorber población joven.

El clima no explica la brecha

Es cierto que Misiones y el sur brasileño no comparten un clima idéntico. La provincia argentina tiene mayor humedad y menos heladas, mientras que los estados vecinos presentan más amplitud térmica, condición relevante para ciertos cultivos extensivos.

Pero esa diferencia no explica el desarrollo desigual. La brecha no está en la naturaleza. Está en las decisiones productivas acumuladas en el tiempo.

Estado presente, pero con otro enfoque

En Brasil, la expansión agrícola fue acompañada por bancos públicos de desarrollo, inversión sostenida en infraestructura logística y políticas industriales activas a nivel regional.
En Misiones —y en buena parte de Argentina— el Estado estuvo presente, pero con otra lógica: regulación de precios, asistencia fragmentada y poca construcción de capacidades productivas.

El caso de la yerba mate es ilustrativo. Décadas discutiendo el precio de la hoja verde muestran una economía atrapada en la administración de una renta pequeña, en lugar de una estrategia orientada a integrar, industrializar y escalar.

Por qué se van

Los jóvenes que cruzan la frontera no lo hacen por salarios altos ni por estabilidad. Van a trabajos duros, temporarios y muchas veces informales. Pero van porque esos trabajos existen.

Del lado brasileño hay vendimias, cosechas de manzana, soja, maíz y agroindustrias que demandan mano de obra de manera recurrente.
Del lado misionero, esa demanda prácticamente no existe.

Esta migración es racional. No es un quiebre cultural ni una emigración definitiva. Es la respuesta lógica a la ausencia de oportunidades productivas locales.

Misiones como síntesis del NEA

Misiones no es una excepción. Es una síntesis del NEA argentino: abundancia de recursos naturales, baja densidad industrial y una economía que gira en circuitos cortos, con ingresos limitados y alta dependencia de transferencias públicas.

La provincia nunca experimentó un shock de productividad comparable al del sur brasileño. Sin ese salto —agrícola primero, industrial después— quedó atrapada en una estructura productiva de baja complejidad.

La paradoja

Misiones conserva activos estratégicos: biodiversidad, recursos forestales, biomasa, conocimiento productivo y una población joven. Pero esos activos no se traducen automáticamente en desarrollo.

Requieren otra estrategia:
menos regulación de precios y más creación de mercados,
menos aislamiento logístico y más integración regional,
menos administración de la pobreza y más política productiva.

Las imágenes recientes no muestran solo una frontera transitada. Muestran una oportunidad perdida. Y recuerdan algo incómodo pero central: el desarrollo no depende del clima ni de la geografía, sino de las decisiones que se sostienen —o se evitan— a lo largo del tiempo.

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